El ágora. Las lógicas del poder

Por: Ramiro Restrepo, Director Ejecutivo (e), Fundación Recinto de Quirama.
El poder ha moldeado el curso de la historia humana sobre el planeta; y, además, se ha encargado de escribir la historia oficial, a conveniencia de los vencedores de cada época.
De ahí que resulte fundamental indagar por la naturaleza del poder que hemos ejercido y padecido por milenios y por las lógicas de su dinámica.
Su naturaleza.
No hay duda de que la naturaleza del tipo de poder predominante que hemos ejercido y padecido está basada en la competencia, la confrontación, la aniquilación o sometimiento de todo aquello y de todo aquel que se anteponga a sus pretensiones. El poder, en la civilización humana, ha sido, ante todo, una historia de dominación.
¿Y cuáles pretensiones? Quizás una sola las resuma todas: acumulación (de recursos, de territorio, de riqueza económica…y de más poder). Acumulación compulsiva y exacerbada.
En ello, el hombre contemporáneo sigue la misma lógica de sus antepasados cazadores-recolectores del paleolítico. Ellos necesitaban, por lógica de supervivencia y descendencia, acumular lo más posible.
¿Lo necesitamos hoy? Rotundamente no, pero nos aferramos a seguir siendo seres humanos primitivos en nuestro pensamiento.
Sus lógicas.
Las lógicas de este tipo de poder −externo, de dominación sobre la naturaleza y sobre los demás seres− son igualmente primitivas:
La ley del más fuerte. Al punto que, por muchos años, torcimos el pensamiento de Darwin, quien jamás dijo que el más fuerte era el que sobrevivía. Lo que realmente dijo, y ahora lo hemos rescatado, es que los organismos con mayor capacidad de entablar relaciones simbióticas y de cooperación con el entorno eran los llamados a sobrevivir. La lógica de la vida se basa en la cooperación, no en la competencia. Y Darwin lo sabía hace siglo y medio.
La cooptación de los estamentos decisorios de las sociedades (políticos, ejecutivos, legislativos, judiciales e institucionales) para blindar lo ya conquistado. Por eso vivimos, hasta hoy, o bien en estados totalitarios (dictaduras, teocracias, monarquías…), o bien en democracias secuestradas y ya nos preparamos para entrar en la era de las algocracias.

La censura y toda forma de eliminación del disenso y la diversidad (cooptación de medios masivos de comunicación e información, segregación y exclusión de toda disidencia; cuando no tortura, encarcelamiento y represión violenta).
El control de acceso a los centros de pensamiento, poder y decisión. Sofisticados mecanismos se han encargado secularmente de mantener en la pobreza, la marginalidad, el analfabetismo y la privación de los frutos de los avances tecnocientíficos, a las grandes mayorías de los seres humanos. Un solo ejemplo puede resultar contundente. De acuerdo con el Global Wealth Report 2022, de Credit Suisse (1), “la participación en la riqueza del 1 % (de la población) global, por segundo año aumentó hasta alcanzar el 45,6 %, arriba del 43,9 % en 2019” (paréntesis nuestro), constata este informe. Lo cual significa que el 99 % restante de la población debió arreglárselas con el 54,4 % restante.
La pregunta, obvia, entonces, es ¿qué podemos hacer para cambiar este orden aberrante de cosas y transformar el perverso contrato social vigente? Creo que hay algunas pistas alentadoras, la mayoría ya en marcha, por parte de grupos crecientes de ciudadanos a lo largo y ancho del mundo. Mencionemos algunas:
La denuncia y el activismo, frente a toda forma de poder abusivo. Valerosos son los casos de Wikileaks, Vatican Leaks, Panama Papers y otras iniciativas similares.
La migración a medios alternativos de información y opinión. Ya los tenemos, por fortuna, en gran abundancia y de estupenda factura. Casi todos ellos, de acceso abierto y gratuito.
El despertar de la consciencia política ciudadana. Desde el sistema educativo mismo. Pero también desde los movimientos organizados de ciudadanos y desde los centros de pensamiento independientes.
Pero, sobre todo, promoviendo vigorosamente un cambio radical en la manera de ejercer el poder. Se preguntará por los requisitos para hacerlo. Y son bien pocos, pero difíciles de cultivar. Enunciemos los principales: a) un despertar de la consciencia, la llamaría Consciencia 2.0, para oponerla a la del cazador-recolector del paleolítico; b) la formación de comunidades y redes ciudadanas para fortalecer la capacidad de influencia; c) un cambio radical en nuestro sistema educativo, para abandonar el estéril escenario de las competencias y evolucionar hacia el cultivo de las capacidades humanas (poder interior, espiritualidad, capacidad estética, sensibilidad, solidaridad, etc.).
Una consciencia emergente es el nuevo signo de los tiempos. Sin ideologías de por medio, además. ¡Bienvenidos a la era del pospaleolítico!
(1) Credit Suisse. Global Wealth Report 2022. Traducciones nuestras.
